cenagal
Nada reflota tras el cautiverio abisal, nada asoma a la luz en medio de un océano de soledad parasitaria. El grito es mudo y las sombras incisivas mientras las horas golpean el pensamiento. Vienen y van las jornadas ahogadas en alcohol con los amaneceres desoladores, mareados del ciclón de sinsabores y descarnadas del mínimo aliciente.
Espectro reflejado en los espejos de una andadura errante y vacua, ánima del desánimo, sangrante y desnuda hasta el dolor extremo. Final del final de la etapa sin líneas escritas, inmaculada de cualquier atisbo de vida. Y serena la guadaña que muestra los rastros de esa sangre, sesgada la gana y el aliento.
¿Hay a lo lejos un algo que sonría, que abrace? No, el espejismo de la esperanza atrajo la lluvia que anegó la pista de plata hasta regalar un cenagal esperando tras la alfombra de guijarros.
