nada
Ni más ni menos. Es jugar con la baraja manoseada y sucia, llena de lamparones vitales que han acabado por mostrar , de transparentes, la cara oculta. Y en la partida de tahúres baqueteados la candidez de lo escaso no tiene cabida porque la ganancia no cabe, sino la desolación, el regusto amargo de las malas digestiones acumuladas tras años de desplume en la itinerancia de los casinos vitales.
Caen las gotas frías de sudor sobre una sonrisa nerviosa, estancada como una charca, mientras a su lado se desarrollan de verdad las grandes apuestas, las ganadoras. Y entre el humo que acoge el temblor de unas vísceras desecadas se vuelve a repartir para una nueva partida.
Los jugadores abandonan la sala mientras en el suelo quedan los restos de las lágrimas de quien quiso, como siempre, jugar con cara de póker, pero tenía cara de idiota.
