alfil
Vienen los días preñados, los horizontes ajenos al transcurrir y así, poco a poco, la calma intensa se apodera de la escena. El pincel sigue trazando los perfiles y rellenando la baraúnda de sosiego. Van de un extremo al otro, dicharacheros, los peones del alma y dejan el alfil reposado en los márgenes del torbellino.
Sólo la necesidad de la tormenta amaina su presencia. Y así se suceden las diagonales extenuantes y prolíficas al tiempo, devoradoras y dadivosas, marcadas en surcos recorridos del sudor caliente de las ideas que fluyen regando las víceras aradas y recién sembradas.
