prisión
El estómago encogido exprime las neuronas, la ansiedad, la angustia provocada, las camisas de once varas y el precipicio creativo. Sólo el masoquismo vital extrae la savia que circula lenta por la masa gris y la acelera en una fotosíntesis que vitaliza la calma estéril.
La parsimonia hedonista recrea un mundo difuminado en el que apuntar certero es complejo y la autolesión aparece a tu lado reclamando su minuto de gloria. Al margen, tras la cortina, se desarrolla un mundo negado, eso te susurra al oído, y te ofrece todo por tu alma, vendida al mismo demonio de las noches turbulentas.
Y así, en cada encuentor con las sábanas, un ritual en el que te despojan de tus armaduras consigue introducirte en purgatorios que prometen la intensidad del infierno con un cielo despejado de nubes. Y ardes sin combustión, separas cuerpo y mente para que ésta última sea libre en la prisión del otro.
