agujetas
Reposan las agujetas del cerebro en el balneario del cuarto sin nombre mientras fuera el frenesí aporrea la puerta. Un tímido rayo de luz descansa en la palma de tu mano, zíngaro y lector del testamento que el tiempo ha depositado en ellas y línea a línea recorre de la mano de tu pensamiento la encrucijada.
Aúllan las heridas al contacto y ríen compensatorios los surcos con destino señalizado mientras la embriaguez de las vísceras se hace latente en el golpeteo furioso de un corazón que bombea poderoso hasta rellenar todo el cuerpo de un flujo despejado.
Se quebranta la condena y el exterior recibe tras la puerta derribada la aparición del hombre de los harapos con la sonrisa abierta en canal que avanza entre el repentino silencio de todo aquello que hervía en un sinsentido, y ahora muestra quieta su demanda.
