aldea
La aldea deshabitada regala los murmullos que quedaron habitando parásitos. Te regala la calma y engrandece la percepción imaginando intramuros felices y carreras sonrientes en sus calles. La aldea, reseca, se rehidrata en el recuerdo de pasiones con olor a tortilla y filete empanado.
Nostalgia que merodea sus rincones rehabilitando los días que contruyeron su alma y anima desde los tejados semiderruídos el caminar pensativo de tus pasos.
La aldea, esa misma que forjaron las vivencias dolientes, queda siempre al refugio de un bosque animado que sólo estará en los mapas del tesoro de tu cerebro. Y así, acogido en ella cuando caen las hojas, retoñarás brioso hasta cruzar la meta que finaliza el lado oscuro de las sombras de las casas.
