sudario
Amanece el día y la luz descubre al tahúr que baraja las sensaciones con frenesí, rozando unas contra otras buscando la chispa que inicie un nuevo fuego. Desentumecido de las apostadas, van desfilando soberbias las que jamás pusieron rodilla en tierra. La sangre, que fluye caudalosa y lenta, empuja con bravía las esencias de cada una de ellas y se brinda por una jornada intensa y fría. La colecta sobre las manos juntas abiertas al cielo brilla y hace caer en la ceguera al paladín voluntarioso hasta volverlo pétreo. Se argolla al pájaro que, amputado en sus alas, amaga un vuelo del que ya no había esperanza. Amanece el día, y una mancha de sudor delata que no hubo sábana sino sudario.
